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La frustración y su necesaria presencia en el desarrollo del ser humano

Es difícil determinar en que momento aparece el psiquismo, pero lo que sí podemos asegurar es que surge del encuentro con otra psique: la de la madre.
Es ella la que prestará durante la crianza su propio psiquismo al niño, es ella la que entenderá y descifrará las emociones de su hijo para conseguir crear un entorno estable en el que pueda crecer.
Pocas madres sabrán que una correcta dosificación de la frustración, a la que por otra parte están expuestos inevitablemente sus hijos, será decisiva.
Al inicio, el recién nacido es un conjunto de percepciones descontroladas que queda muy lejos de ser algo, ni siquiera parecido a lo que entendemos por psiquismo. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que es en los tres primeros meses de vida, donde se van ha establecer las bases en las que se apoyarán gran parte de las características psíquicas del adulto.
Las patologías mentales más graves, provienen en mayor medida de esta etapa. Para el niño es una época de desvalimiento máximo puesto que depende absolutamente del entorno. A pesar de la trascendencia de esta realidad, no solo son bastantes las madres que desconocen este hecho, si no que es la sociedad en general la que vive en la inocente creencia de que los bebes “no se enteran”.

 

¿Piensan los recién nacidos?

Pues no. bebéNo pueden pensar, porque aun no han desarrollado ningún tipo de psiquismo. No son sujetos pensantes. En cambio tienen una sensibilidad extrema que les hace muy vulnerables a cualquier cambio. Son los padres los que van a prestar su pensamiento para intentar interpretar lo que necesita su hijo.
Pongamos un ejemplo, un niño que llora y que es calmado por su madre. En este caso, es la madre la que interpreta lo que necesita su hijo. Ella presta su psiquismo para él.

 

¿Se pueden traumatizar los recién nacidos, aunque no piensan?

Si, y además de una forma profunda. A pesar de las creencias de la mayor parte de la sociedad que cree que el bebé no sabe, no comprende, la realidad es que en este período, una alteración excesiva para el bebé puede ocasionar una huella que aparecerá en edades posteriores.
Todos entendemos que un traumatismo que se origine en pleno desarrollo embrionario, supongamos por ejemplo, en el momento en que se inicia la neoformación de las extremidades, tenga como consecuencia una inhibición en el desarrollo de las extremidades.
Si el traumatismo se da en las primeras fases embrionarias la lesión será más grave que en las ultimas en que el embrión está prácticamente constituido.
De la misma manera ocurre en un recién nacido, cuanto más prematuro es el trauma psíquico más graves son las consecuencias.
Que no tengan aun capacidad para pensar no implica que no puedan quedar traumatizados por un estimulo excesivo. No piensan pero sienten.

 

¿En qué momento aparece algo mental en un recién nacido?

El primer esbozo de psiquismo, se origina tras la frustración que experimentan los bebés, en la lógica espera entre la aparición del hambre y el momento de ser nuevamente amamantados.
Esta es la primera frustración a la que el bebé tendrá que hacer frente y para soportar este intervalo de tiempo, empieza a fantasear el pecho. Mientras imagina el pecho tolera el hambre y el malestar que le produce no ser saciado inmediatamente. Empieza a ser capaz de calmarse a si mismo, aunque sea momentáneamente.
La privación que supone la espera hasta que la madre se encuentra en condiciones de amamantar es la que origina algo parecido a una precaria función mental.

 

La frustración ¿Obliga al bebé a adaptarse?

Primero aclarar, ¿qué se entiende por frustración en un bebé?
Regularmente, las principales sensaciones desagradables de un recién nacido saludable son hambre y sed que son vividas en forma de dolor.
Un dolor que se traduce en llanto al principio y en desesperación después, sobre todo, si la madre tarda demasiado en amamantarlo. Inevitablemente se sentirá frustrado, ya que el pecho no esta inmediatamente a su alcance y tiene que esperar.
En este maremoto de sensaciones extremas que constituye un recién nacido,
aparece una secuencia que se repetirá: hambre en forma de dolor, llegada del pecho que calma el hambre y finalmente el estado de satisfacción.
Así una y otra vez hasta que eso se convierta en algo familiar y de alguna forma previsible para el bebé.
Cuando esta secuencia está suficientemente establecida, el bebé puede soportar el hambre algo mejor. Es entonces, cuando intuye que pronto aparecerá el pecho, ¡siempre ocurre así! O debería ocurrir. Esta es una de las razones por la que es importante la regularidad y la disponibilidad máxima de la madre.
Pues bien, es en ese estrecho margen, entre la aparición del hambre y la llegada del pecho o sea en la frustración de la espera, donde aparece el primer atisbo de mente.

 

¿Cuál es la medida justa de la frustración?

Si el tiempo óptimo de espera para el niño la madre lo reduce a nada porque responde inmediatamente a las necesidades del bebé, incluso antes de que aparezcan, está privando a su hijo de la capacidad de elaborar, de fantasear o de crear mecanismos para poder esperar.
Pero si por el contrario, lo hace esperar demasiado, el niño experimentará una gran angustia y sentirá la incapacidad para la espera.
A pesar de esto ¡no hay que dramatizar! ni angustiarse intentando saber cual es el tiempo exacto, éste surge espontáneamente entre la madre y el bebé, juntos establecerán la medida.
La madre intuitivamente creará el lapsus de espera adecuado para que su bebé soporte ese ratito de hambre y aprenda a entretenerse en la seguridad de que el pecho aparecerá pronto.

 

Madre buena y madre mala

Si valoramos la necesidad de una adecuada “cantidad” de frustración o dicho de otra forma el tiempo de espera adecuado, podemos afirmar que una correcta madre será aquella que es lo suficientemente “buena” para satisfacer a su hijo y a la vez lo suficientemente “mala” para no satisfacer antes de tiempo, ya que si lo hace, no permite que su hijo pueda experimentar la capacidad para fantasear, mientras la espera.
Es importante hacer hincapié en que este proceso transcurre naturalmente y que el tiempo óptimo es aquel en que ni la madre, ni el niño, sienten una angustia excesiva. En definitiva, la confianza en que todo transcurrirá espontáneamente.

 

Las madres actuales y la frustración

Actualmente, muchas madres parecen haber perdido la confianza para la crianza, desorientadas o desbordadas por las sucesivas sensaciones de frustración que creen percibir desde su bebé. Ocurre que cuando el niño reclama que lo calmen porque siente dolor, hambre, frio o calor, la madre atolondrada por el temor a no saber suficiente, interpretará cada llanto como un reproche de su hijo hacia ella.
Desbordadas delegarán en sus propias madres, suegras, vecinas o pediatra decisiones que solo ellas deberían tomar. Ser madre no es una función delegable, puesto que es en esta primera etapa, cuando el encuentro y la adaptación madre-hijo resultará más positiva para ambos.
Si alguna joven o no tan joven mamá, cree no poder ser una buena madre para criar a su hijo, tendrá que confiar en su intuición y poco a poco comprobará como van apareciendo recursos propios.
Pero, si no se siente lo suficientemente segura para hacer frente a la crianza, es un momento adecuado para consultar a un profesional que la podrá acompañar o asesorar. Merece la pena. A veces una pequeña orientación desbloquea la angustia y permite un satisfactorio encuentro entre hijo y madre, que resulta imprescindible para un crecimiento saludable.
La madre sana, convertirá las necesidades de su hijo en propias y este es el mejor principio para una nueva vida

 

La frustración, ayuda a vivir

La frustración siempre que no sea tan excesiva como para causar un trauma, va a ser imprescindible en el desarrollo a cualquier edad, porque forzará al niño a adaptarse y a soportar situaciones frustrantes. Condiciones adversas que vividas en la protección del seno familiar no llegan a ser traumáticas y que en cambio permitirán desarrollar suficientes recursos para enfrentar futuras vicisitudes.
Estar suficientemente estructurado para hacer frente a cualquier revés de la vida, dependerá de la capacidad para la frustración, que se haya podido adquirir en el periodo de crecimiento. Justamente en la infancia.

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