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frustracion

¿Nos gusta sufrir o simplemente es mala suerte?

Observando la trayectoria de algunas personas que nos rodean o si nos paramos a reflexionar sobre episodios de nuestras propias vidas, tendremos que admitir que algunas de las cosas que nos pasan son demasiado recurrentes para ser sólo tenidas como una casualidad.

¿Por qué? cuál es el designio del destino que hace que algunas personas acaben siempre siendo traicionados por socios o amigos? Y ¿Cuántas mujeres maltratadas repiten parejas que parecen cortadas por el mismo patrón? O lo que les pasa a estos otros, que después de alcanzar el éxito concatenan una serie de decisiones que los hacen fracasar irremediablemente. Estudiantes que se atascan y no pueden acabar las últimas asignaturas de la carrera. Deportistas que se lesionan días antes de la competición para la que llevan años preparándose. Por no hablar de las personas que después de años de esfuerzo en el trabajo y que cuando todo hace presagiar el ascenso, cometen un error inexplicable que los deja fuera de juego.

A veces podríamos llegar a creernos que los gafes o las personas que nacen estrelladas existen y no, tanta mala suerte no es casualidad. Vaya! sería la primera vez en el Universo que las leyes del azar no se cumplen y mira qué mala suerte! siempre le toca al mismo.

Para este tipo de personas, errar en decisiones vitales o de una forma sistemática constituye todo un éxito a la hora de fracasar.

¿Pero quien quiere fracasar y por qué? Esto va contra toda lógica porque lo normal, ¿no es que busquemos constantemente la felicidad? Entonces, ¿por qué alguien, aunque sea involuntariamente y sin saberlo, busca con tanta tenacidad no triunfar?

Nos resulta difícil entender que alguien pueda provocar su propio mal destino, pero debemos tener presente y no olvidar, que nada es casual en nuestro comportamiento y que todo tiene una finalidad en la economía psíquica.

En realidad, la lógica de este comportamiento pertenece a una lógica diferente, la lógica del inconsciente. El inconsciente es una parte de nosotros mismos de la que no tenemos ninguna percepción. Cuando hay conflictos inconscientes que no se han resuelto, la persona obedece sin saberlo a las leyes de su inconsciente.

Nadie puede escapar al influjo del inconsciente, todos cumplimos con las demandas inconscientes que nos permanecen ocultas y que tan sólo se hacen visibles a través del comportamiento o síntomas espontáneos que nos sorprenden. ¿Cómo pudo olvidarse de los únicos documentos que necesitaba? ¿Por qué acabamos en un lugar diferente al que pretendíamos? ¿Por qué marcamos el número de teléfono de la persona que justamente queríamos evitar?

Normalmente, son comportamientos que no interfieren excesivamente en nuestras vidas y a los cuales casi no les hacemos caso. Pero cuando uno cree encontrarse en una rueda de hámster, sintiendo que por más que haga nada cambia, hay que preguntarse si en realidad no estamos bajo la influencia de algún conflicto inconsciente no resuelto.

Las personas que se encuentran atrapadas o bloqueadas en conflictos internos desconocen que necesitan del fracaso para mantener un cierto equilibrio mental que se rompería en caso de triunfar. El estudiante que no es capaz de terminar sus estudios, puede que se proteja inconscientemente de la inseguridad que siente ante el reto que supone incorporarse a la vida. El empresario que deja inconscientemente que el negocio se vaya a pique o lo arruinen, puede que aún no haya resuelto algún conflicto infantil con el padre. La mujer que, en una actitud masoquista, es maltratada sistemáticamente por sus sucesivas parejas, responde también a un mandato inconsciente. Y así, tantas conductas incomprensibles que tienen el propósito oculto de satisfacer y calmar conflictos inconscientes.

Y es aquí donde el psicoanálisis entra favoreciendo que las personas tomen conciencia de sus conflictos más profundos y de los que sólo se podrán librar si consiguen desenmascararlos y hacerlos conscientes.

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